Un Amigo Silencioso.


David salió de la escuela cansado, de la escuela a la casa eran 8 cuadras y todos sus compañeros tomaban la dirección contraria a él, que vivía en el lado norte de la ciudad. Comenzó su pesado trayecto a casa en completa soledad como era de costumbre cada día de la semana, su únicos compañeros eran el calor y las ganas de dormir. David usaba lentes, igual que su papá, él quería dejar de usarlos para parecerse menos a el, no quería lucir como el hombre que no lo dejaba dormir por las noches con sus gritos. Tenía el pelo un poco más largo que la mayoría de sus compañeros, el no quería cortarlo porque le recordaba al actor de su serie favorita, quizás si se quería parecer un poco a el, el era bueno. No tenía muchos amigos, ninguno para ser más precisos, el era un ser silencioso e invisible en la sala de clases aun para sus maestros, el nunca se hacía notar en el patio del colegio, no había nadie como el en aquél lugar lleno de niños y niñas eufóricos concentrados en detalles pequeños e insignificantes, en banalidades, en cosas que jamás le importarían a David. Ahí no había nadie que lo fuera a entender.
Las primeras 6 cuadras eran solo pavimento y sol, casi sin árboles y con un par de casas de colores apagados que no hacían el paisaje más agradable. David sentía el calor en la planta de sus zapatillas de lona rojas, el mismo calor que le pegaba en la cara y hacía que su frente sudara. David se sentía solo y aunque el tenía solo 12 años se podía notar en su mirada a un hombre mayor, un hombre cansado y solitario, un hombre que había visto demasiado.
David pensó en un peluche que le había regalado su abuela cuando cumplió 10. Ese día había sido particularmente helado, aunque todos sus cumpleaños habían sido helados. La casa de David se sentía más amplia aquel día solo por el hecho de estar llena de familiares y amigos que habían venido solo para desearle un feliz cumpleaños. Ese día su abuela se había acercado a el en medio de la fiesta con una caja envuelta de papel brillante color verde con una gran cinta en la parte de arriba, cuando David abrió la caja descubrió en su interior a un dinosaurio verde de bonitos ojos negros, ‘’para cuando te sientas solo’’ había dicho ella mientras lo abrazaba con una mirada compasiva que ocultó. No recordaba haberse sentido tan feliz como ese día.
David se imaginó como se habría sentido ser un dinosaurio, quizás uno de verdad, con todo ese poder y con todas esas posibilidades de hacer todo lo que el quisiera, o quizás solo uno de peluche que le sirviera a alguien para que no se sintiera tan solo. David miró el largo trayecto que aún tenía que recorrer y pensó en que de poder tener un amigo, tendría a ese dinosaurio verde que le había regalado su abuela. ‘’habría sido un buen acompañante en el camino’’ pensó.
-quizás me podría cargar en su espalda, llegaríamos más rápido y sin tanto calor-
Se descubrió hablando en voz alta, aunque su soledad le permitió no preocuparse, le esperaba un largo camino y estaba en su derecho de hablar solo si quería. Se peinó hacia atrás el pelo que le molestaba en la frente y se imaginó caminando junto al dinosaurio verde de bonitos ojos negros.
-mis papás no hablan conmigo- le dijo sin parar de caminar-
El dinosaurio que el veía a su lado no respondió.
-hay días en los que ni siquiera hablan entre ellos, pero está bien, así pelean menos. La abuela me llama cada tres días para preguntar si estoy bien y siempre le digo que si, no puedo decirle que no, ella se preocuparía.
Otra vez el dinosaurio no respondió, pero esta vez lo miró.
-me gustaría no parecerme a mi papá, me gustaría que en la escuela no todos me ignoraran.
David sabía que el dinosaurio que le había regalado su abuela no le respondería, pero de todas maneras le dijo lo que sentía que tenía que decirle y que no podía decirle a nadie más. Caminó lo que quedaba junto a su amigo silencioso. 
Cuando llegó a la puerta de su casa lo miró con duda, en cualquier caso no podía dejar un dinosaurio en la puerta de su casa.
Cuando entró vio a su mamá sentada en el gastado sillón al lado de un montón de cajas de color café apiladas, algunas con nombres, otras sin ninguna inscripción. David abrió una que tenía su nombre en ella y reconoció el dinosaurio verde acostado entre autos de carrera y unos libros de cuento. Lo tomó en sus brazos al mismo tiempo que se giraba para mirar a su mamá que lloraba.

-agarra una caja David, nos vamos.
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